sábado, 11 de julio de 2009

Libertad

El año pasado tuve por primera vez una sensación increíble, que recuerdo como un renacer,como un impulso de fuerza y valentía:
Hace un año me fui con unos amigos de interrail (París, Amsterdam, Praga, Viena e Italia estaban en el recorrido).
Cuando estábamos de camino a Venecia, mis compañeros de viaje me anunciaron que se iban a Rímini, porque según el hermano de uno de ellos,se trababa del mejor sitio para ir de fiesta en Italia. Yo, habiendo estudiado hº del arte, creí que sería una soberana estupidez no ir a ver la Toscana para quedarme a pasar resacas en una playa cutre. Así pues, después de pasar 3 noches en la ciudad de las góndolas, fuimos a Florencia. Ellos se fueron por la noche del mismo día y yo me quedé hasta el día siguiente. Armada con un macuto y poco dinero, salí (decepcionada)de Florencia. Me cogí un tren y llegué a Lucca justo después de comer.
En despacho de información al turista, me dijeron que el albergue de juventud estaba justo en el otro extremo de la ciudad.
Con la mochila a cuestas (casi 20 kg.) me dirigí donde me habían indicado, teniendo la desgracia de que no había más sitio en albergue.
Se me ocurrió entonces visitar la ciudad con el armatoste encima y coger el último tren para Pisa y dormir durante el trayecto.
Lo cierto es, que con el macuto encima, tenía que pararme cada poco tiempo y por eso no pude ver mucho de Lucca; pero aún así me pareció increíble, parecía un lugar por el cual no había pasado el tiempo.
Así pues, cogí el tren hacia mi próximo destino, durmiéndome en seguida. Por desgracia, había calculado mal los horarios y en media hora me despertó una azafata diciéndome que ya habíamos llegado.
Puesto que eran por lo menos las diez de la noche, me resigné a dormir en la estación misma. Esa noche vino la policía a echar a unos yonkis que estaban a mi lado.
por la mañana, fui a buscar el despacho de información al turista que abría mucho mas tarde.
No he mencionado a mi mejor compañero de mi viaje en solitario: mi libro Cumbres Borrascosas, que me salvó del aburrimiento de las esperas en más de una ocasión. Una vez las presentaciones hechas, os diré que me recomendaron un sitio genial para dormir, pero un poco alejado de la ciudad de Pisa. Tuve que gastar un par de euros de los pocos que me quedaban para llegar hasta el albergue y cuando llegué, resultó que estaba cerrado hasta las seis de la tarde. Una vez
más, me resigné a visitar la ciudad con la mochila sobre los hombros.
Me pareció una ciudad feísima en la que era todo carísimo (incluido la visita al famoso Duomo).
Pronto,me volví a coger el bus hacia el albergue: había sido un a larguísimo y agotador. Esa noche dormí como un tronco, con un colchón debajo y sin la visita de nadie indeseable. Por la mañana me fui pronto para coger un tren para Asís. Me prometí a mí misma que no volvería
a ver una ciudad con el muerto encima, a si que en cuanto llegase buscaría un casillero donde dejarlo. Cuando llegué a Asís tardé un par de horas en comprender que el horrible sitio donde había aterrizado, en realidad no era Asís Asís, sino un pueblo donde paraba el tren y donde tenías que hacer un transbordo en autobús para llegar a la ciudad donde vivió San Francisco.
Me recomendaron un albergue muy barato a las afueras de la verdadera pequeña ciudad de Asís y ahí pude al fin desprenderme de la mochila. Visite Asís tan rápido que acabé en menos de cuatro horas: si Lucca me había parecido bonito, Asís me lo pareció todavía más!
Estaba situada encima de un monte y tenía unas callecitas pavimentadas y bastante estrechas que le daban un aspecto mágico,creando rinconcitos ffabulosos adornados de flores por todas partes. Un lugar maravilloso con unas vistas absolutamente increibles!
Por la mañana, había quedado con mis amigos en Roma, pero perdieron su tren y llegarían por la noche. Yo, sin nada que hacer y habiendo visitado bastante a fondo Asís, cogí el mapa en busca de un destino cercano e interesante. Se me ocurrió ir a Peruggia. No sabía nada de ella, por me arriesgué. El tren me dejó en una ciudad horrible y muy moderna. Aún así busqué el centro histórico. Resultó que estaba lejísimos de de la estación y había que coger un autobús. Como era mi última visita en solitario, decidí ahorrar el euro del bus parar comprarme después un buen bocadillo y un helado y subir a pata hasta el centro histórico. Después de por lo menos dos horas de caminata, llegué a lo que parecía una entrada de metro con escaleras mecánicas. Me metí. Conforme bajaban las escaleras,veía lo que parecía el interior de un castillo de piedra con cúpulas, pilares, y pequeñas estancias: en ellas había tiendas de souvenirs, discos, ropa y helados. Cuando salí de ahí, me encontré de lleno con el centro histórico de esta ciudad universitaria. Resultó que Peruggia era preciosa: parecida a Asís pero a escala mayor y más oscura.
Por la noche llegué a Roma y terminó mi apasionante viaje en solitario.


La sensación de la que hablaba al principio de todo, el renacer, el impulso de fuerza y valentía comenzó la noche que me quedé sola en Florencia: sentada en la cama de mi albergue, sentí por primera vez un cosquilleo en el estómago que poco a poco fue subiéndome hasta el pecho. Sentí una sensación de libertad absoluta, de poder sobre mi propia vida. Sentí que podía ir a cualquier parte, que podía escapar de todo y de nada, que podía recorrer el mundo entero, que era capaz de cualquier cosa.
Algunas veces siento pequeños destellos de esa libertad pasada.
Cuando acabe todo, me iré y buscaré ese sentimiento que estuvo durante cuatro días acompañándome y dirigiéndome.

http://www.youtube.com/watch?v=dJAZwlDmAes

2 comentarios:

  1. yo llevo cinco años sin sentirme libre, quitando el mes que viví en Toulouse el año pasado.
    y ahora creo que ya me he sacado "eso" que tenía en el pecho.
    Chin high.
    Fdo: Rafa

    ResponderEliminar
  2. Anónimo5/9/11

    Yo sueño con esa sensación. Escapar y pasar un tiempo lejos de las expectativas culturales y personales y de la presión que nos pincha para obtener unos resultados.

    ResponderEliminar